Nuestra alimentación necesita un plan B: por qué la resiliencia climática pasa por diversificar las proteínas
El cambio climático y las disrupciones en el suministro muestran las vulnerabilidades del sistema alimentario europeo y diversificar la producción de proteínas puede ayudar a reforzar su resiliencia.
24 de septiembre de 2026

A principios de este mes, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente hizo algo que llevaba una década tratando de evitar: reconoció que el límite de 1,5 °C acordado en París está a punto de superarse y que el mundo se está preparando ya para gestionar ese «exceso» en lugar de centrarse en prevenirlo.
Su propio informe es contundente sobre lo que esto significa en la práctica: la producción de alimentos podría caer hasta un 14 % de aquí a 2050, habrá más personas que pasarán hambre y se agravará la escasez de agua. También se espera un aumento de las enfermedades relacionadas con la nutrición y del riesgo de propagación de patógenos, mientras que podría intensificarse la competencia por los usos del suelo entre la producción de alimentos y la eliminación de dióxido de carbono.
Semanas antes, otra agencia de la ONU, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), había emitido su propia advertencia sobre El Niño, un patrón climático recurrente en el que el calentamiento inusual de las aguas del océano Pacífico altera el clima en todo el mundo y suele provocar sequías en algunas regiones y lluvias más intensas de lo normal en otras. La FAO señaló que se está formando una nueva fase de El Niño, con el mayor riesgo de sequía agrícola concentrado en regiones que, en conjunto, producen y exportan una parte importante de los cultivos que alimentan a las personas y al ganado de todo el mundo.

Ninguno de los dos informes se refiere únicamente a Europa. Pero, juntos, describen el complejo contexto en el que nuestro sistema alimentario tiene que operar.
Ya hemos vivido situaciones similares, repetidamente, en los últimos años. Las olas de calor y los incendios de este verano en Europa ya han puesto bajo presión las cosechas y la producción animal. Como recordó Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, en su último discurso sobre el estado de la Unión, la Unión Europea perdió 12 millones de toneladas de cultivos. Las consecuencias empiezan a hacerse visibles: los supermercados de Italia ya están colocando carteles para advertir a los clientes sobre posibles desabastecimientos, mientras que los analistas de mercado alertan de una próxima escasez de patatas en todo el bloque.
Antes de esto, la crisis del estrecho de Ormuz elevó los precios de los alimentos, la invasión rusa de Ucrania hizo desaparecer de la noche a la mañana a uno de los principales exportadores de cereales y fertilizantes, y en 2020 la pandemia de covid puso de manifiesto lo rápido que pueden paralizarse las cadenas de suministro mundiales.
Ninguno de estos shocks tiene una única causa. Sin embargo, hay un patrón preocupante: están ocurriendo con mayor frecuencia y afectan a un sistema alimentario que apenas cuenta ya con margen de maniobra.
Las respuestas de la UE, desde los mecanismos de apoyo financiero a los agricultores hasta la Declaración de Versalles para aumentar la producción europea de legumbres, eran necesarias, pero sólo han tratado los síntomas. No se ha abordado la causa más profunda: la producción europea de proteínas es innecesariamente ineficiente.
La producción de carne supone buena parte de esta fragilidad
Esto resulta especialmente evidente cuando analizamos cómo se produce la carne. La producción cárnica requiere una enorme cantidad de recursos: utiliza el 83 % de las tierras agrícolas del mundo para producir apenas el 18 % de las calorías totales. De hecho, producir una sola caloría de pollo, la carne convencional más «eficiente», requiere nueve calorías de pienso.
En Europa, dos tercios de todos los cereales se destinan a la alimentación animal y el 42 % de las tierras agrícolas se dedica al pastoreo y a la producción de piensos. Y, aun así, Europa afronta cada año un déficit de aproximadamente 19 millones de toneladas de pienso. En España, un país productor de alimentos, el 63 % de la superficie agrícola se utiliza para la producción animal y se necesitan 4 millones de hectáreas adicionales en el extranjero, principalmente para la importación de piensos. Cuando se interrumpen las rutas comerciales, se disparan los precios de la energía o aumentan las tensiones geopolíticas, el coste de alimentar a los cerdos, pollos y vacas europeos también aumenta, y ese coste acaba recayendo sobre agricultores y consumidores.
Esta fuerte dependencia del suelo y de los cultivos expone directamente el suministro europeo de proteínas a los shocks globales, incluido el provocado por El Niño. La alimentación animal depende tanto de cultivos locales como importados, incluidos los procedentes de regiones propensas a la sequía. Cuando las cosechas fallan en distintas partes del mundo, los precios de la carne aumentan.
Brasil, uno de los principales proveedores de soja para la alimentación animal europea, además de otros productos como el café, ofrece un claro ejemplo. Economistas brasileños han advertido de que un episodio fuerte de El Niño podría reducir hasta un 10 % la producción de soja, maíz, café y naranjas del país. Al mismo tiempo, los analistas de mercado advierten de que la producción mundial de soja de este año apenas ha seguido el ritmo del consumo, lo que significa que las reservas están tardando más en recuperarse y dejan un margen de seguridad menor frente a posibles interrupciones del suministro.
Al mismo tiempo, la demanda mundial de carne sigue aumentando, añadiendo una presión adicional sobre el suelo, los recursos hídricos y las cadenas de suministro globales.
La diversificación de proteínas reduce la presión
Actualmente, alrededor de dos tercios de la ingesta de proteínas de los europeos proceden de productos de origen animal, a pesar de las recomendaciones de que las proteínas de origen vegetal representen idealmente la mayor proporción de la dieta. Sin embargo, las opciones vegetales disponibles actualmente no satisfacen las expectativas de los consumidores en términos de sabor, disponibilidad y comodidad frente a la carne convencional, mientras que las legumbres siguen teniendo dificultades para hacerse un hueco en la mesa. En España, de hecho, el calor extremo ha afectado aún más a la demanda de legumbres, hundiéndose en un 19 %. Diversificar la producción de proteínas para incluir opciones como la carne vegetal, junto con enfoques innovadores como la fermentación y la carne cultivada, que ofrecen una opción de conveniencia alternativa a la carne convencional, permitiría a Europa ser menos vulnerable a los shocks globales.
Las proteínas alternativas podrían complementar la producción convencional utilizando cantidades considerablemente menores de suelo, agua y otros recursos. Los productos de carne vegetal suponen una fracción del impacto ambiental de la carne convencional: generan entre un 86 % y un 94 % menos de emisiones de gases de efecto invernadero, utilizan entre un 71 % y un 89 % menos de suelo y entre un 74 % y un 93 % menos de agua.

La fermentación puede utilizarse para producir grandes cantidades de micoproteína, obtenida a partir de hongos, con una textura similar a la carne y utilizando una fracción del suelo que requiere la ganadería industrial. La fermentación de precisión lleva décadas utilizándose para producir cuajo para la elaboración de queso. Ahora se utiliza para producir una gama cada vez más amplia de ingredientes, incluidas grasas y proteínas capaces de aportar el sabor y la textura de la carne a los alimentos vegetales, utilizando mucho menos suelo y menos recursos que la agricultura convencional. La carne cultivada y sus ingredientes podrían reducir el impacto climático de la carne hasta en un 92 %, reducir la contaminación atmosférica hasta en un 94 % y utilizar hasta un 90 % menos de suelo.
Estas innovaciones todavía se encuentran en una fase temprana y necesitan una inversión significativa y políticas de apoyo para poder escalar. Pero, con ese respaldo, podrían reducir la dependencia de la UE de la soja importada en casi una cuarta parte y permitir que un 21 % más de las tierras agrícolas europeas se destine a impulsar la producción de alimentos.
Otros gobiernos lo tienen claro
Otros países ya están avanzando en esta dirección. China convirtió la diversificación de proteínas en una prioridad estratégica nacional dentro de su plan agrícola quinquenal, con proyecciones que apuntan a que las proteínas alternativas podrían cubrir hasta el 55 % de la demanda nacional de proteínas de origen animal en 2050. Para ampliar la producción, los fabricantes chinos están llevando a cabo una reconversión industrial de grandes fábricas para producir proteínas y grasas.
Singapur ofrece un ejemplo diferente, pero igualmente ilustrativo. Con menos del 1 % de su territorio apto para la agricultura y la mayor parte de sus alimentos procedentes del exterior, el país lleva mucho tiempo considerando la producción de alimentos una prioridad estratégica. En 2020 se convirtió en el primer país en aprobar la venta de carne cultivada, respaldada por una inversión pública sostenida en investigación y desarrollo. Hasta la fecha, ha autorizado comercialmente una mayor variedad de productos de carne cultivada que cualquier otro país, incluidos pollo, codorniz, pato y ternera.
India, una de las regiones que la FAO señala como más expuestas al ciclo de El Niño, ha apostado por una estrategia similar. Su política BioE3 situó la biofabricación, incluida la fermentación y otras innovaciones en proteínas alternativas, en el centro de su estrategia económica nacional, respaldada por nuevos centros de incubación y biofactorías financiados por el Estado, con el objetivo de impulsar el crecimiento sostenible de la bioeconomía.
Europa tiene la innovación, pero convertirla en una realidad cotidiana es la parte difícil
Europa fue la cuna de la carne cultivada y alberga algunas de las principales empresas de fermentación del mundo. Cuenta con el talento y los conocimientos necesarios para liderar la diversificación de proteínas, pero corre el riesgo de repetir el error que cometió con las energías renovables o el vehículo eléctrico: desarrollar tecnologías pioneras y permitir después que otros países lideren su fabricación a gran escala, para terminar importando los productos derivados de esa innovación.
Europa cuenta con la mayor comunidad de investigación del mundo en proteínas alternativas. Ahora, las administraciones deben invertir en las infraestructuras y las vías regulatorias necesarias para que la carne vegetal, los productos obtenidos mediante fermentación y la carne cultivada sean asequibles y accesibles en todo el continente.
Sin embargo, algunas decisiones políticas recientes han frenado los avances. Los responsables políticos han puesto trabas al creciente sector de las proteínas alternativas al restringir los nombres de productos de uso cotidiano como «bacon vegetal», a pesar de que existen evidencias de que los consumidores entienden bien estos términos y saben el tipo de producto que están incorporando a su dieta.
El año pasado, la Comisión Europea propuso la primera Ley de Biotecnología, diseñada para reforzar la competitividad de la UE en este ámbito. La propuesta incluye algunos cambios muy necesarios, como ampliar el asesoramiento científico que los innovadores pueden recibir antes de presentar una solicitud de autorización de comercialización. Sin embargo, la misma propuesta excluyó los nuevos alimentos, como la carne cultivada y los ingredientes obtenidos mediante fermentación de precisión, de las medidas relativas a los entornos regulatorios controlados conocidos como sandboxes. Estos permiten a los Estados miembros de la UE crear espacios de prueba destinados a ayudar a desarrollar normas viables para tecnologías emergentes, y España cuenta con uno de los pioneros en el ámbito alimentario, por lo que se vería especialmente afectado por esta restricción.
Además, en 2025 varios países clave redujeron la financiación que permite a los investigadores europeos mantenerse a la vanguardia de este ámbito. Una segunda Ley de Biotecnología, que previsiblemente no llegará antes de finales de 2026, previsiblemente se centrará en la oportunidad de desbloquear inversiones para ampliar la biofabricación en la Unión Europea, entre otras vías mediante financiación combinada, y garantizar que las innovaciones alimentarias sean explícitamente elegibles para los instrumentos de financiación de la UE.
Europa afirma que quiere lograr una mayor autonomía en materia de proteínas y un sistema alimentario más resiliente. Después de otro verano difícil para los productores de alimentos, especialmente en España, ha llegado el momento de convertir esas palabras en hechos y apostar por la inversión y el apoyo político a largo plazo necesarios para construir un sistema de proteínas diversificado y resiliente.
