El auge de la biofabricación en China : lo que significa para las proteínas en Europa
Un nuevo informe revela que China está aprovechando su gran capacidad industrial para impulsar la producción de proteínas alternativas, lo que debería ser una llamada de atención para los gobiernos europeos.
26 octubre del 2026
Un nuevo informe revela que China está aprovechando su gran capacidad industrial para impulsar la producción de proteínas alternativas, lo que debería ser una llamada de atención para los gobiernos europeos.
Para Europa, esto supone un déjà vu. Ya pasó por esto antes cuando, tras haber inventado la tecnología en la que se basan las baterías de iones de litio y los paneles solares, nuestro continente vio cómo China asumía el desarrollo industrial a gran escala sin poder seguirle el ritmo. Hoy Pekín está aplicando la misma estrategia industrial para reforzar su seguridad alimentaria, pero esta vez Europa no tiene por qué quedarse atrás.
El estudio, publicado por el Good Food Institute APAC, ha sido elaborado por el Dr. Dirk van der Kley, experto australiano en biotecnología y geopolítica. Sus entrevistas sobre el terreno revelan cómo el imponente sector de la biofabricación china –respaldado por técnicos cualificados, cadenas de suministro consolidadas y bajos costes operativos – se está orientando rápidamente hacia mercados de mayor valor añadido, como la producción alimentaria mediante métodos innovadores de fermentación.
Esto incluye la fermentación de precisión, utilizada desde hace décadas para producir ingredientes de uso cotidiano como el cuajo del queso y ahora aplicada a la producción de proteínas de huevo y lácteos sin necesidad de animales, y la fermentación de biomasa, un proceso similar a la elaboración de cerveza o yogur que permite cultivar grandes cantidades de micoproteínas derivadas de hongos.
Una estrategia industrial ya bien comprobada
La magnitud de esta expansión es impresionante. Entre las entidades que se están diversificando en este ámbito se encuentra Fushine Biotech, filial de Fushine Pharmaceutical Company Ltd, que está construyendo una planta a escala industrial para elevar su capacidad de producción de micoproteínas de las 1.200 toneladas actuales a nada menos que 20.000 toneladas.
Mientras tanto, la startup australiana Nourish Ingredients se ha asociado con la empresa china de biofabricación Cabio Biotech, capaz de elaborar 170.000 toneladas de productos acabados con las grasas obtenidas mediante fermentación de Nourish.
El sector chino de la fermentación industrial sigue una trayectoria ya muy consolidada: las empresas desarrollan primero una sólida capacidad de producción y competitividad en costes en los mercados tradicionales y maduros, para luego expandirse a sectores adyacentes de mayor valor.

Un enfoque nada nuevo: Huawei, fundada en los años 80 como distribuidora de equipos telefónicos, se convirtió en uno de los gigantes tecnológicos y de telecomunicaciones mundiales. Del mismo modo, BYD comenzó como fabricante de baterías de níquel-cadmio de bajo coste para convertirse, tres décadas después, en el principal fabricante mundial de vehículos eléctricos.
La apuesta del gobierno por la innovación proteica
Este proceso de expansión acelerado también se debe en parte a que construir plantas de fabricación en China resulta mucho más barato que en otras partes del mundo – alrededor del 85% más barato que en Estados Unidos. Sin embargo, esto por sí solo no basta para explicar este ritmo de crecimiento.
El Gobierno chino considera la seguridad alimentaria una cuestión de seguridad nacional y económica desde 2013. El plan del Consejo de Estado de 2024 para el fortalecimiento del sistema de suministro de alimentos insta explícitamente a «promover las bioindustrias emergentes y fomentar el desarrollo de nuevos tipos de alimentos».
La trayectoria del país ha sido analizada por Systemiq, cuyo reciente informe China’s Food Future prevé que, ahora que la seguridad alimentaria forma parte de su último plan quinquenal, la estrategia alimentaria de China podría redefinir las cadenas de suministro agrícolas mundiales. El informe sugiere que las importaciones chinas de soja podrían reducirse hasta un 25% para 2030, y que las proteínas alternativas podrían representar hasta el 55% de la demanda interna de proteínas animales de China para 2050.
Las evidencias recopiladas por el Dr. van der Kley indican que esta transformación ya podría estar en marcha en las instalaciones de producción. Esto plantea serios cuestionamientos para las empresas europeas del sector y para los gobiernos comprometidos que están desarrollando sus propias políticas industriales.
El auge de la investigación científica europea
Europa se suma a la transición hacia estos alimentos desde una posición de sólido liderazgo científico.
Un reciente análisis de GFI Europe revela que, entre 2020 y 2025, una quinta parte de las inversiones mundiales en investigación e innovación sobre proteínas alternativas tuvo lugar en Europa. Más de 8.000 investigadores de 1.000 instituciones publicaron 3.783 estudios, lo que representa un incremento anual del 31%. Durante este periodo, la investigación europea sobre alimentos de origen vegetal, carne cultivada y fermentación fue incluso citada por investigadores chinos más que la de cualquier región.
Hasta ahora, Europa ha liderado el ámbito científico, pero se queda corta a la hora de plasmar esos avances en una capacidad de producción a gran escala. Hoy en día, Europa carece de la infraestructura necesaria para producir estos alimentos a gran escala, y el modelo basado en el capital riesgo, fundamental en la fase inicial del sector, resulta inadecuado para sostener las cuantiosas inversiones requeridas para la construcción de plantas.
Una oportunidad para cerrar la brecha
La segunda ley sobre biotecnologías (Biotech Act II) de la Comisión Europea – una iniciativa clave en materia de política industrial destinada a impulsar la biofabricación en la región – representa una oportunidad determinante para subsanar esta carencia.
Sin embargo, el debate sobre sus contenidos avanza despacio y el sector alimentario corre el riesgo de seguir excluido, precisamente mientras las tensiones geopolíticas y los eventos climáticos extremos ponen de manifiesto la fragilidad de las cadenas de suministro alimentario.
El estudio elaborado por Systemiq, y respaldado por GFI Europe, mide el alcance de la oportunidad económica para Europa si lograra aprovechar plenamente sus capacidades en el ámbito de las proteínas alternativas.
Considerar la diversificación de fuentes proteicas como una prioridad estratégica podría aportar 111.000 millones de euros al año a la economía de la UE de aquí a 2040 y respaldar 414.000 puestos de trabajo. Esta medida permitiría, además, abrir nuevos mercados de exportación y crear nuevas oportunidades para los agricultores dedicados al cultivo de legumbres para alternativas vegetales a la carne o cultivos como la remolacha azucarera destinados a procesos de fermentación.
Para desbloquear este potencial, la UE y los Estados miembros deberían garantizar una inversión pública anual de apenas 1.400 millones de euros en investigación, innovación e infraestructuras de escalado: una cifra moderada en comparación con los beneficios esperados y capaz de consolidar una red científica que ya figura entre las más avanzadas del mundo.
El empleo de fondos públicos – a través de subvenciones, colaboraciones público-privadas y financiación mixta – ofrecería al capital privado las garantías necesarias para invertir en la construcción de instalaciones de producción comparables a las que se están construyendo actualmente en China. Por otra parte, un marco regulatorio más ágil y claro permitiría a los innovadores europeos llevar sus productos al mercado de manera más eficiente.
El Biotech Act II contribuirá a determinar si la UE logra aprovechar los beneficios de su inversión en la ciencia de las proteínas alternativas. Europa cuenta con la experiencia en investigación necesaria para tomar la delantera en esta carrera, pero, tal y como revelan los avances en China, los competidores están ganando terreno.
Invertir ahora para ampliar y potenciar la excelencia científica europea, reconocida a nivel mundial, dará sus frutos durante las próximas décadas, tanto en términos de resiliencia económica como de seguridad alimentaria.
De no hacerlo, Europa se vería condenada a repetir los errores del pasado: convertirse en mera consumidora de una industria que ella misma contribuyó a crear.
